La prohibición de la pobreza
Hace tiempo que me ronda una pregunta incómoda sobre Barcelona. No es si la ciudad ha dejado de tener políticas sociales, porque evidentemente no es así. Tampoco si la seguridad, la limpieza o la convivencia han dejado de ser preocupaciones legítimas. Lo son, y cualquier política urbana responsable debe atenderlas.
La pregunta es otra: ¿está cambiando la forma en que gobernamos las expresiones más visibles de la exclusión?
No sostengo que se haya producido una sustitución completa de un modelo por otro. Las políticas urbanas son mucho más contradictorias y complejas. Me interesa observar si se está desplazando su centro de gravedad: de gestionar socialmente las necesidades y los conflictos a gestionar cada vez más su localización, su visibilidad y, en algunos casos, la propia presencia de las personas que los encarnan.
Durante años, Barcelona fue capaz de asumir una idea que no siempre resultaba cómoda: los problemas sociales complejos no desaparecen porque los hagamos menos visibles. Hay que intervenir sobre ellos y construir respuestas que combinen salud, derechos, convivencia y acción comunitaria.
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